Dec 16
LA ALEGRÍA CRISTIANA

Queridos amigos, les comparto el sermón que prediqué hace unos años en el TERCER DOMINGO DE ADVIENTO:
“¿Eres Tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 2). Esta fue la pregunta que San Juan Bautista le hizo a Nuestro Señor Jesucristo por medio de sus discípulos. El Señor le responde con los hechos: los ciegos ven, los leprosos están limpios, Y DICHOSO EL QUE NO ENCUENTRA EN MI MOTIVO DE ESCANDALO. Jesús le está diciendo que sus obras son las que hablan y responden esa pregunta. Los milagros que Jesús realiza en las personas que creen en su Nombre, son los que dan testimonio de que El es el Mesías, y solo El puede darnos la vida eterna.
En este tercer Domingo de Adviento, la liturgia de la Iglesia nos da un consejo que es general, pero a su vez es bien concreto. Estamos hablando del mismo consejo que San Pablo les dio a los filipenses. Lo que dijo San Pablo es simple, pero a su vez muy profundo e implica un gran desafío en nuestras vidas: “ !Gaudete semper!” “Alegraos en el Señor; otra vez lo diré: Alegraos” (Fil 4, 4). Lo mismo le dijo a los Tesalonicenses: “Gozaos siempre” (1 Tes 5, 16).
San Pablo habla de la “alegría” 22 veces en sus cartas. Tanto en la carta a los Tesalonicenses, como en la carta a los Corintios, a los Romanos, a los Gálatas, a los Colosenses, Pablo repite permanentemente: “Alegraos en Cristo”; “Gozad en el Señor”; “Regocijaos en la Verdad”; etc. Nosotros al leer lo que dice San Pablo podemos llegar a tener la tentación de que San Pablo escribió sobre la “alegría” cuando había tenido una fiesta con sus amigos, disfrutando de un buen asado y bebiendo vino. Podemos también pensar que San Pablo estaba disfrutando del Mar en algunas de las playas del Mediterráneo o en la Costa Azul. Sin embargo, si pensamos así, nuestras ideas están muy alejadas del mundo real. San Pablo escribió sobre la alegría cuando estaba cautivo en la prisión, encadenado y recuperándose de una brutal paliza que le habían pegado en Éfeso. Cuando el Apóstol habla de “alegrarse” significa que debemos estar alegres aún en los momentos de intenso sufrimiento y dolor. No hay excusas para no alegrarse, lo debemos hacer sea en los buenos o malos momentos de nuestras vidas.
Los santos fueron siempre personas alegres, aún en los momentos que pasaron por fuertes tribulaciones. No solo tenemos el ejemplo de San Pablo. También tenemos el ejemplo de Santo Tomás Moro que bromeó en el momento de su muerte, pues le pagó al verdugo diciéndole: “el viaje al paraíso no es gratis”. Lo mismo cuando estaban a punto de decapitarlo pidió que le no le cortasen la barba. “Ella no tiene la culpa de mis pecados” dijo con una grande sonrisa Santo Tomás Moro. San Lorenzo diacono de Roma fue quemado vivo en una parrilla, y en el momento de grandes tormentos dijo: “Denme vuelta, que de este lado ya estoy bien asado. Cuando me asen del otro, ya estaré listo para ser vuestro manjar”. ¿Cómo hacían estos santos para bromear en medio de tantos sufrimientos? ¿Cómo hacían para estar alegres cuando los estaban torturando, golpeando, humillando y matando? La respuesta es simple y compleja: vivían la alegría de los Hijos de Dios. Quien tiene a Dios en el alma, aunque sufra en el cuerpo, no tiene motivos para estar triste, el Señor es la causa de su alegría y bienaventuranza.
Queridos hermanos, todos nosotros experimentamos dolor en nuestras vidas; a veces nuestro dolor puede ser la traición de un amigo o un pariente, la muerte de un familiar, una enfermedad, etc. Quizás hasta nuestros problemas no sean menores y nuestro sufrimiento parece triturarnos, como que tenemos encima un peso aparentemente imposible de sobrellevar. Sin embargo, Dios no nos está pidiendo algo imposible cuando nos dice que debemos alegrarnos en medio del sufrimiento. Absolutamente no, porque luego de la Pasión y muerte en la Cruz, viene la resurrección y la gloria. Recordemos las palabras de Jesús cuando dice: “Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que vinieron antes que vosotros” (Mt 5, 10-12). Debemos regocijarnos en el Señor, aún en los momentos de tribulación. Para que esto sea posible, debemos aceptar siempre y en toda circunstancia la Voluntad de Dios, como Cristo lo hizo. Solo así nos vendrá la ayuda divina, si nosotros aceptamos la Santa Voluntad del Omnipotente y nos disponemos a seguirla en el transcurso de nuestras vidas. Si esto hacemos, el Señor nos dará la gracia de ser felices, aún en los momentos de dolor, y a su debido momento nos dará también la Gloria eterna, donde “secará toda lágrima de nuestros ojos” y gozaremos sin mezcla de dolor, porque gozaremos con el mismo Gozo del Señor (esto se dará en el Paraíso).
Si estamos alegres con la alegría cristiana quiere decir que tenemos a Dios en nuestros corazones. Si estamos tristes y cabizbajos, debemos analizar la causa de nuestra desolación interior. Normalmente, quien vive en el pecado, aunque aparente estar alegre no lo está. En mi experiencia de misionero, me ha tocado hacer apostolado en países religiosos y países ateo-laicistas. En los países ateo-laicistas había más bienestar. Sin embargo, pese a que en esos lugares las personas abundan en bienes materiales, es muy difícil ver gente alegre. La mayoría vive triste, preocupados por las vanidades de este mundo. Los países ateo-laicistas son los países que viven en la abundancia de bienes materiales pero a su vez son aquellas regiones del mundo que más alto índice de suicidios y depresión tienen, ya que las personas tienen todo lo material, pero les falta lo más importante, es decir, les falta Dios. Sin Dios, aunque seamos los dueños del mundo, jamás seremos felices. En cambio en los países más religiosos hay más pobreza, más sufrimiento humano, pero uno ve mucha gente alegre, contenta, que sabe reír y sabe vivir la vida aún en medio de las tribulaciones. A diferencia de los países ateo-laicistas, no hay tantos suicidios ni depresión, la gente es generosa y comparten aún lo poco que tienen, sin necesidad de la abundancia de los bienes materiales. ¿Por qué la gente es feliz en estos lugares pobres? Porque quizás les falte el bienestar mundano, pero tienen lo más importante, lo tienen a Dios y han puesto su corazón en Él. Es el Señor quien les da la verdadera alegría en medio de las dificultades de la vida, alegría de la cual los mundanos jamás podrán gozar a no ser que conviertan su corazón a Dios.
Por eso queridos hermanos, si no somos felices, analicemos en primer lugar nuestra vida de gracia. ¿Vivo en gracia de Dios o vivo en el pecado? ¿Me confieso seguido, al menos una vez al mes? ¿Si cometo un pecado grave, busco rápidamente confesarme o mi conciencia está dormida? ¿Busco rezar y relacionarme con mi Creador y con su Santa Madre María? ¿Perdono las ofensas de mi prójimo o guardo rencor en el corazón?
Si queremos vivir la alegría cristiana, debemos vivir en gracia de Dios en primer lugar, lo cual implica rezar, confesarse, participar devotamente de la Misa y cumplir los mandamientos divinos, no como cargas que debemos arrastrar sino como caminos que nos llevan a la salvación. Si ya vivimos en gracia de Dios, debemos buscar aumentarla, ya como decía San Alfonso, en la vida espiritual quien no avanza retrocede. No es suficiente vivir en gracia de Dios, sino que nuestra relación con el Señor debe crecer día a día. ¿Somos humildes pero nos falta ser caritativos? Propongámonos vivir la caridad. ¿Vamos a Misa y nos confesamos, pero no rezamos el rosario? Propongámonos rezar el rosario. ¿Tenemos caridad con todo el mundo menos con nuestra familia? Propongámonos ser aún más caritativos con nuestros familiares (si tenemos caridad con ellos podemos decir que verdaderamente tenemos caridad, porque uno es como es con la familia). ¿Soy inteligente pero también soy superficial? Luchemos contra la superficialidad. En fin… en la vida uno nunca será perfecto, siempre habrá un defecto contra el cual luchar y una virtud que alcanzar. Si no vivimos en gracia de Dios, debemos procurar vivir en ella, y si vivimos en gracia de Dios, propongámonos siempre avanzar y nunca retroceder. Solo así podremos vivir la alegría cristiana, y regocijarnos en el Señor que ya viene y que en esta Navidad debe nacer en nuestros corazones.
Pidámosle a la Santísima Virgen María, Madre de la Alegría, la gracia de vivir siempre la alegría de los Hijos de Dios, que es la alegría de aquellos cuyas almas se encuentran completamente en las manos del Salvador.
P. Tomas Beroch