
Jan 05
SEMILLA AGUSTINIANA

El discípulo que dudaba exclamó repentinamente: ¡Señor mío y Dios mío!, después de haber tocado y reconocido las cicatrices. Las cicatrices descubrían que era el que había sanado todas las heridas en los demás. ¿Acaso el Señor no podía resucitar sin las cicatrices? [Sí], pero conocía las heridas existentes en el corazón de sus discípulos, y para sanar estas había conservado aquellas en su cuerpo. ¿Y qué dijo el Señor a quien ya le confesaba y le decía: Señor mío y Dios mío? Porque me has visto —dice— has creído; dichosos quienes no ven y creen. ¿Aquiénes se refería, hermanos, sino a nosotros? No solo a nosotros, sino también a los que existirán después de nosotros. Tras un breve espacio de tiempo, después de alejarse de los ojos mortales para afianzar la fe en los corazones, cuantos creyeron sin ver, y su fe tuvo gran mérito. Para adquirirla tan solo pusieron en movimiento su corazón piadoso, no su mano dispuesta a tocar ( Serm 88,2).
P. Juan A. Cardenas