Sep 16
NO DESTRUYAS EL BIEN QUE HACES
Queridos hermanos en Cristo, hoy la Palabra de Dios confronta abiertamente las flaquezas que empañan nuestra vida espiritual y nos exige una renuncia radical. El egoísmo, la envidia, la soberbia, la vanagloria, el orgullo de presumir una perfección inexistente escondiendo nuestras limitaciones y la cerrazón del corazón son venenos que destruyen el bien que poseemos. Cualquier pecado, por pequeño que parezca, mancha la gracia y corrompe las obras buenas que realizamos.

Contemplemos a Nuestro Señor Jesucristo en el misterio de su Pasión: siendo ultrajado, maltratado, vilipendiado y traicionado, no respondió jamás con ira. Si Cristo hubiese reaccionado con rabia en un solo instante de su prueba, habría arruinado su sacrificio en la Cruz y no habría podido ser nuestro Redentor. Jesús protegió la obra de la salvación apartando el enojo y amando hasta el extremo. De esa misma manera, nosotros debemos cuidar las obras buenas que realizamos, evitando destruirlas con nuestras arrebatadas pasiones y soberbias.

De nada sirve destacar por impresionantes obras de caridad o por la excelencia de una labor pastoral si en el fondo alimentamos la soberbia o la hipocresía. San Pablo nos recuerda en (1 Cor 13, 1-3) que, si nos falta el amor, absolutamente todo lo demás pierde su valor. San Juan de la Cruz enseñaba con sabiduría que «al atardecer de la vida seremos examinados en el amor». Ese amor purificador es el fuego divino del que habla San Pablo en (1 Cor 3, 13-15), un fuego que probará la calidad de nuestras obras, pensamientos y palabras.

La purificación de nuestras faltas debe realizarse hoy mismo, mientras estamos en este mundo. Nadie tiene la vida asegurada para mañana. Debemos renunciar al rencor, a la mentira, al engaño y a la doble vida, recordando la advertencia de (Heb 12, 14): «Sin la santidad nadie verá al Señor». O buscamos la santidad en el presente o quedaremos apartados de la presencia divina por toda la eternidad. Por encima de cualquier preocupación temporal o material, nuestra verdadera prioridad debe ser la santidad. Decir «me urge ser santo» es la única actitud sensata; lo demás es vanidad.

En el Evangelio (Lc 7, 31-35), Jesús confronta a aquellos espíritus hipercríticos y pesimistas que jamás ven nada bueno en sus semejantes. Rechazaban a Juan el Bautista por su austeridad acusándolo de estar endemoniado, y criticaban a Jesús por compartir la mesa llamándolo comilón. Hay personas que sufren de esta misma ceguera espiritual: incapaces de alegrarse con el bien ajeno, ocultan su propia envidia buscando siempre la contraria.

Son como las moscas en un jardín florido. Aunque el jardín esté lleno de flores hermosas, si el jardinero ha abonado con estiércol, la mosca ignora la belleza y se dirige directo a la podredumbre para quedarse allí. La mosca representa el complejo de fijarse únicamente en la miseria, el defecto y lo podrido. La abeja, en cambio, llega al mismo jardín y va directo a las flores. Extrae de ellas lo que necesita y transforma la amargura en dulce miel para beneficio de los demás.

Cada uno de nosotros es un jardín donde conviven virtudes y flaquezas. Frente a los demás, ¿cómo actuamos? ¿Tenemos el complejo de la mosca, buscando el estiércol del defecto ajeno, o el don de la abeja, que sabe extraer lo bueno y esparcir dulzura? Jesucristo nos pide hoy una conversión profunda: dejemos de actuar como moscas atrapadas en la amargura del pecado y transformémonos en abejas de Dios, capaces de edificar la Iglesia mediante la caridad y la santidad sincera. Amén.

HOSPITALITOS 🏥 DE LA FE
P. Héctor Pernía, mfc