
¡Oh Jesús!, desolado y a la vez refugio de las almas desoladas. Vuestro amor me enseña que es de vuestros abandonos de donde debo sacar las fuerzas que necesito para soportar los míos. Estoy persuadido de que el abandono más temible en el que pudiera caer sería no participar del vuestro. Pero como Vos me disteis la vida con vuestra muerte, y me librasteis, por vuestros sufrimientos, de aquellos que me eran debidos, también merecisteis, por vuestro desamparo, que el Padre celestial no me desamparase y que nunca estuviese más cerca de mí, por su misericordia, que cuando estoy más unido (a Vos) por la desolación.
Amén