¡Oh Madre de Bondad!
No me olvides cuando yo te olvide,
No me abandones cuando yo te abandone,
Sígueme con tu celestial mirada cuando me aparte de ti,
Búscame cuando me esconda, Sigue mi rastro cuando huya, Átame cuando te resista,
Dómame en caso que me levante contra ti,
Levántame cuando caiga
Y recondúceme por tu camino cuando me extravié.
Amén
El Señor te colmó de dones para que te convirtieras en digna madre del Redentor. Guiada por el Espíritu Santo, buscaste en todo y siempre la voluntad del Señor y magnificando su misericordia te adheriste íntimamente a Cristo.
A ti, Madre de los creyentes, acudimos como a un refugio seguro.
AMEN
Oración del Papa Francisco
Madre de todos los hondureños, Te rogamos que nos ayudes a vivir como Hermanos, ya que Tú, con tu amor maternal nos haces una SOLA FAMILIA.
Intercede ante tu Hijo, Jesús, por quienes sufren por la enfermedad, el egoísmo y la injusticia, por todas nuestras familias, para que sean Santuarios de la Vida, donde se viva según las palabras de tu Hijo JESUCRISTO.
Haz que en nuestra HONDURAS y en el mundo entero reinen la PAZ, la JUSTICIA, la VERDAD y el AMOR.
Que tu ejemplo nos impulse a ser auténticos discípulos y misioneros de la reconciliación y la unidad.
A tu Corazón Inmaculado de Madre Nos acogemos.
Amén
Santa María de Suyapa
R/ Ruega por nosotros
Santísima Virgen María, que habéis sido concebida sin pecado, os elijo hoy por Señora y Dueña de esta casa, y os pido por vuestra Inmaculada Concepción os dignéis preservarla de la peste, del fuego, del agua, del rayo, de los terremotos, de los ladrones, de los impíos, de los bombardeos, de los peligros de la guerra.
Bendecid y proteged a las personas que la habitan, y que vivirán en ella, y concededles la gracia de evitar el pecado y todas las demás desgracias y accidentes.
iOh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Amén
Las casas donde esta oración ha sido expuesta delante de una imagen de la Virgen María durante las guerras de las Vendée (Francia) han sido preservadas.
200 DIAS DE INDULGENCIAS.
Imprimatur
PEDRO JOSE RIVERA MEJIA, Obispo.
LUIS JOSE, Arzobispo de Tours.
(Del Oficio Parvo)
Canta María, Reina de los cielos, Madre de nuestro Señor Jesucristo y Señora del mundo, vos, que jamás abandonáis ni desatendéis a quien os implo-ra, miradme, os ruego, Señora, con ojos misericordiosos, y alcanzadme de vuestro amado Hijo el perdón de todas mis culpas. Acoged benigna este humilde homenaje de alabanza que tributo a vuestra SANTA E INMACULADA CONCEPCION para que, por itercesión vuestra, pueda yo alcanzar la bienaventuranza, de mano del propio fruto de vuestro vientre, nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios en trinidad perfecta, por todos los siglos de los siglos.
Amén.
María, Inmaculada Concepción, otorga la gracia de la curación a todos los que la soliciten.
Enséñanos a ser mejores, a que nuestros corazones malvados se vuelvan buenos, a evitar los castigos que merecemos.
Bendícenos siempre, Madre tan buena. Queremos consolarte orando mucho, acercándonos a tu Corazón para que los corazones más alejados se acerquen a ti.
Intercede por nosotros, Madre del Amor Amado, para que podamos tener la misericordia divina y satisfacer nuestras necesidades.
Ayúdanos a encontrarte, Madre de la Santa Esperanza, porque así es como encontraremos paz, fecundidad y la verdadera vida de gracia.
Abrázanos contra tu corazón, debajo de tu manto y llévanos a Jesús.
Llévanos a todos un día contigo al paraíso.
Enséñanos a aceptar con resignación el sufrimiento que es la escalera que lleva al cielo a las almas que lo sostienen.
Confiamos en ti porque nunca hemos escuchado que alguien que haya implorado tu ayuda haya sido abandonado.
Enséñanos a responder a tu solicitud de hacer comuniones reparadoras el primer viernes del mes para que nuestro amor por el Corazón de Tu Jesús crezca y también nos consuele enormemente.
Aumenta nuestra confianza en Jesús. Perdemos tantas gracias por nuestra falta de fe.
Que triunfe Tu Inmaculado Corazón y solo entonces el mundo podrá vivir en paz.
Amén!
P. Marie
Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa que te manifestaste a Santa Catalina Labouré, como mediadora de todas las gracias, atiende a mi plegaria. En tus manos maternales dejo todos mis intereses espirituales y temporales y te confío en particular la gracia que me atrevo a implorar de tu bondad, para que la encomiendes a tu Divino Hijo y le ruegues concedérmela si es conforme a su Voluntad y ha de ser para bien de mi alma.
Eleva tus manos al Señor y vuélvelas luego hacia mi Virgen Poderosa. Envuélveme en los rayos de tus gracias para que a la luz y al calor de esos rayos, me vaya desapegando de las cosas terrenas y pueda marchar con gozo en tu seguimiento, hasta el día en que me acojas en las puertas del Cielo.
Amén
Sagrada María tu esclavo soy, con tu licencia a pasar esta noche (día) voy.
No permitas made mía , por tu inmaculada concepción, que caiga en pecado mortal y muera sin confesión.
Tu como mi buena Madre, dame tu Santa Bendición: En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén
María Purísima, esperanza nuestra, sálvanos.
Escogida del Eterno Padre, para su hija, esperanza nuestra, sálvanos.
Amada del hijo, para madre suya, esperanza nuestra, sálvanos.
Adorada del espíritu divino por su esposa, esperanza nuestra, sálvanos.
Retrato que engrandece el ser Divino, esperanza nuestra, sálvanos.
Abismo de purezas, esperanza nuestra, sálvanos.
Madre divina del amor hermoso, esperanza nuestra, sálvanos.
Árbol fecundo cuyo fruto es Cristo, esperanza nuestra, sálvanos.
Arca de los tesoros celestiales, esperanza nuestra, sálvanos.
Arcaduz que nos lleva a Jesucristo, esperanza nuestra, sálvanos.
Aurora que nos diste al Sol Divino, esperanza nuestra, sálvanos.
Alegría de los Predestinados, esperanza nuestra, sálvanos.
Amparo único de todos los mortales, esperanza nuestra, sálvanos.
Por tu Concepción pura y divina, esperanza nuestra, sálvanos.
Por tu Natividad tan deseada, esperanza nuestra, sálvanos.
Por la embajada feliz que te dio el Ángel, esperanza nuestra, sálvanos.
Por los deseos de ver a tu hijo, esperanza nuestra, sálvanos.
Por la alegría de verle ya adorado, esperanza nuestra, sálvanos.
Por el dolor de verle ya escarnecido, esperanza nuestra, sálvanos.
Por la pena de verlo muerto, esperanza nuestra, sálvanos.
Por el regocijo de verlo ya resucitado, esperanza nuestra, sálvanos.
Por la gran caridad con que nos amas, esperanza nuestra, sálvanos.
Por tu humildad y tus demás virtudes, esperanza nuestra, sálvanos.
Por tu virginidad y tu gran pureza, así me muera por quererte, así mi corazón siempre te busque, esperanza nuestra, sálvanos.
Así mi memoria no te olvide, esperanza nuestra, sálvanos.
Así mi entendimiento te conozca, esperanza nuestra, sálvanos.
Así mi voluntad siempre te amé, esperanza nuestra, sálvanos.
Así viva con miedo de agraviarte, esperanza nuestra, sálvanos.
Así tú me enseñes y corrijas, esperanza nuestra, sálvanos.
Así mi pecho sea tu trono, esperanza nuestra, sálvanos.
Así en tus pies hallé mi descanso, esperanza nuestra, sálvanos.
Así tú me ampares en la muerte, esperanza nuestra, sálvanos.
Así seas toda mi esperanza, esperanza nuestra, sálvanos.
Rogamos piadosísima Madre, que logremos la suerte de la esperanza de tu nombre; para que confiados, nuestros ruegos, merezcan tu favor, para vivir como quisiéramos en la hora de la muerte haber vivido, y acabar en paz.
Amén.
Oh Virgen de la Esperanza, nuestra guía y consuelo, intercede por nosotros ante tu Hijo, especialmente por el hijo(a) que llevo en mi vientre, por su salud física, mental y espiritual.
Ayúdame a educarlo(a) desde ya en la fe y a preparar su corazón para la venida de Jesús con la misma paciencia y esperanza con la que esperaste su nacimiento.
Amén.
Oh Santísima Virgen María, en quien cuyos brazos descansó el Salvado, regálanos la gracia de contar siempre con la Luz del Espíritu Santo, tu esposo y permite que en nuestras luchas y aflicciones descansemos en ti. No dejes, Madre Nuestra, de ofrecernos incansablemente el fruto de la salvación.
Amén
Oh pura y más santa Virgen, nada en el mundo entero es digno de tocar tu santo rostro, enséñame a limpiar las imágenes tuyas que tengo en casa con santa devoción. Sé mi refugio, atiende mis suplicas, concédeme las gracias que necesito para mi salvación, y concede especialmente consuelo a quienes se encuentran en el duro transito del purgatorio para que puedan alcanzar la Gloria Eterna.
Amén
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
Amén.
Himno a Nuestra Señora del Fuego
A Ti que eres la Madre con ternura, venimos a ofrecerte nuestra vida, y a decirte que te amamos.
Que somos tus hijos que confiamos en el poder de tu protección.
Llévanos sobre tu Corazón junto al Niño que descansa en tus brazos, consuélanos en la aflicción, fortalécenos frente a la tentación.
Haznos crecer en la fe, en la esperanza y en el amor a Dios y a los hermanos.
Conserva en nuestro interior la alegría de ser hijos de la iglesia.
Impúlsanos para que seamos entusiastas evangelizadores del Reino.
Y que tu bendición nos acompañe, Madre, hasta ver la hermosura de Dios en el Cielo.
Amén.
Oh, Virgen Blanca de Toledo, mirad con tierno rostro y alegría a todos aquellos que imploran tu poderosa protección. Haznos sentir en tus brazos, protegidos y amados, no alejes tu mirada de nosotros y enséñanos que la verdadera felicidad está en ti, en tu Hijo nuestro Señor Jesús y en la vida eterna.
Amén
¡Querida Madre de Amor y Paz, Nuestra Señora Aparecida!
Tú que nos amas con ternura maternal y guías nuestros pasos todos los días,
Tú Madre bendita que con generosidad sin igual alejas todos los males y desgracias de nosotros y eres poderosa intercesora ante nuestro Señor Jesús, dame tu asistencia, tu amparo y tu favor, que tu generosa ayuda no deje de favorecerme sobre todo cuando las penas y aflicciones me inundan.
Oh Madre piadosa que nos ofreces tus manos para sacarnos de cualquier necesidad, y con gratificante amor nos libras de todo mal, derrama sobre nosotros una vez más tu bendición, llena nuestro día a día de bienestar y tranquilidad.
Señora mía, gloriosísima Virgen Aparecida, Tú que siempre estas a nuestro lado cuidándonos y no nos dejas abandonados en la aflicción, dame auxilio, dame tu amparo y protección, tengo mil necesidades y los problemas se acumulan, por ello, Madre Santa, sé Tú mi auxilio, sé Tú quien lleve mis plegarias ante Jesús, mi Señor, mi hermano, mi buen amigo y Salvador.
Tú que eres la más bella de las Madres, a quien amo con todo mi corazón, te pido una vez más uses tu poder ante el Señor y consigas reciba rápida ayuda en mis adversidades,
en mis muchas penas y sufrimientos, en mis dificultades y difíciles problemas, en especial solicito de Ti me prestes ayuda en:
(pedir con inmensa fe lo que se desea conseguir).
Escucha dulce Señora mis humildes ruegos, ten a bien llevar mis peticiones ante tu amado Hijo, y ruégale no me abandone ahora que tanto le necesito.
Sé que me ayudarás pues tu comprensión es grande, sé que obrarás un milagro para que todo mejore, y también sé que me acompañarás y protegerás hasta la hora de mi muerte,
por todo lo que me das, gracias de corazón en Ti confío, mi amable madre y Madre del Redentor.
Amén.
Rezar tres Avemarías, Padrenuestro y Gloria.
Nosotros te pedimos Santisima Virgen, Madre Nuestra, Reina de los Ángeles, Terror de los demonios, que expulseis de las vias todos los demonios y peligros, y dispongas nuestras almas para hacer de este recorido una etapa bendecida de nuestra lucha conta la revolucion para instaurar tu reino y alcanzar el Cielo, asi sea!
Oración del Dr. Plinio Correa, inspirador de los Caballeros de la Virgen
Tú, María, Virgen de la Merced, bondadosa Madre de Dios, esperanza y misericordia de los necesitados.
Tú, que amas la libertad de tus hijos, y auxiliaste en aquella época a los cristianos cautivos, atiende nuestra plegaria:
Socórrenos para romper las cadenas de nuestro pecado,
liberándonos de las ataduras de la avaricia, las mentiras,
el odio, la indiferencia y la injusticia, para que libres de ellas, podamos unirnos totalmente a tu Hijo, Jesús, vivir como Él, libremente, dedicados a aquello para lo que estamos hechos: amar.
Te suplicamos Madre de misericordia, que nos enseñes a ser pacientes y a esperar confiados para lograr escuchar a Dios y seguir a Jesús, Camino, Verdad y Vida.
Y como nuestro querido Redentor nos dejó a tu cuidado y protección cuando era crucificado, es una dicha decir tu nombre y alabarte con esta oración, Virgen de las Mercedes, Patrona y Señora.
Amén.
Oración a la Madre del Buen Consejo con Indulgencia:
Gloriosisima Virgen, elegida por el Eterno Consejo para Madre del Verbo Eterno humanado, Tesorera de las divinas gracias y Abogada de los pecadores; yo, indignísimo siervo vuestro, recurro á Vos, á fin de que os dignéis ser mi guía y consejera en este valle de lágrimas. Alcanzadme, por la sangre preciosísima de vuestro Hijo, el perdon de mis pecados, la salvación de mi alma y los medios necesarios para conseguirla. Obtened para la Iglesia el triunfo sobre sus enemigos y la propagación del reinado de Jesu Cristo en toda la tierra.
Así sea.
---La S. Penitenciaria concedió el 29 de Mayo de 1933 quinientos dias de indulgencia una vez al dia a los que reciten esta oración.--
Virgen de Las Lajas, celestial protectora de Colombia, te agradecemos por tus milagros y bendiciones. Con humildad imploramos tu intercesión para la salud propia y de nuestros seres queridos, confiando en tu poder sanador. En momentos de desesperación depositamos nuestras peticiones en tus manos amorosas, esperando tu divina intervención. Guía nuestras vidas con tu luz maternal brindando consuelo y fortaleza en las pruebas.
Amén.
Hermosa Señora de la Leche, amadísima Madre del Niño Jesús y Madre mía,
escucha mi humilde oración.
Tu corazón de madre sabe todos mis deseos, todas mis necesidades.
Sólo a ti, Inmaculada Virgen, tu Hijo Divino ha dado a comprender los sentimientos que llenan mi alma.
Tuyo fue el sagrado privilegio de ser Madre del Salvador.
Intercede ahora con Él, mi amadísima Madre, para que, de acuerdo con su voluntad, pueda yo ser madre o madre de otros hijos enviados por Nuestro Señor.
Esto pido, Señora de la Leche en nombre de tu Hijo Divino, mi Señor y Redentor.
Amén
¡Oh, Purísima Virgen María!, que en tu inmaculada concepción fuiste hecha por el Espíritu Santo Tabernáculo escogido de la Divinidad, ¡ruega por nosotros! ¡Y haz que el Divino Paráclito, venga pronto a renovar la faz de la tierra!
¡Oh, Purísima Virgen María, que en el misterio de la encarnación fuiste
hecha por el Espíritu Santo verdadera Madre de Dios, ruega por nosotros! ¡Y haz que el Divino Paráclito, reine en mi mente, alma y corazón.
¡Oh, Purísima Virgen María, que estando en oración con los Apóstoles, en el Cenáculo fuiste inundada por el Espíritu Santo, ruega por nosotros! ¡Y haz que el Divino Paráclito Tome posesión de mi libertad, para que libre, avance cada día hacia la Santidad.
¡Oh, María ruega al Espíritu Santo, ¡que es Dios de las virtudes, que me convierta!
¡Oh, María ruega al Espíritu Santo, ¡que es Fuente de luz, que disipe mis tinieblas del pecado!
¡Oh, María ruega al Espíritu Santo, ¡para que habite en mi alma y la transforme!
¡Oh, María ruega al Espíritu Santo, ¡que es Dios de infinita pureza, que santifique mi alma!
¡Oh, María ruega al Espíritu Santo, ¡para que él permanezca siempre en mi corazón!
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tú Espíritu Señor y renovarás la faz de la tierra. Amén.
Salve, oh Tienda del Verbo divino;
Salve, oh Santa mayor que el Santuario;
Salve, oh Arca de Espíritu Santo;
Salve, Tesoro inexhausto de Vida;
Salve, Diadema preciosa de los reyes santos;
Salve, Orgullo fundado del fiel sacerdote;
Salve, Bastión invencible de toda la Iglesia;
Salve, Muralla segura que guarda a su Pueblo.
Salve, por Ti conseguimos trofeos;
Salve, por Ti se rindió el enemigo;
Salve, Remedio que sana mi cuerpo;
Salve, Salud de mi alma que espera.
Salve, Virgen y Esposa,
Salve, Virgen y Esposa.
Amén
¡Sagrada Virgen del Pilar! Tú que transliteraste tu cuerpo para sembrar la semilla de la verdadera palabra en otro continente; tú que soportaste los estragos de ser la madre del santísimo salvador;
¡Oh amable Virgen! Para ti nada es imposible; Por eso yo creo en ti con fervor. Hoy te pido, querida guardiana, que me ayudes a mejorar mi estado de salud.
Contribuye a que recupere ese estado de carisma que tenía, por la voluntad de Dios.
Amén.
Oh María,
Siempre brillas en nuestro camino
como signo de salvación y esperanza.
Nos entregamos a ti, Salud de los enfermos,
que en la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del pueblo, sabes lo que necesitamos.
y estamos seguros de que garantizarás,
como en Caná de Galilea,
que vuelva la alegría y la celebración
después de momentos de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos con la voluntad del Padre
y a hacer lo que Jesús nos dice.
El que cargó sobre sí nuestros sufrimientos
y cargó sobre sí nuestros dolores
para llevarnos, a través de la Cruz,
al gozo de la Resurrección.
Amén.
Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa que te manifestaste a Santa Catalina Labouré, como mediadora de todas las gracias, atiende a mi plegaria.
En tus manos maternales dejo todos mis intereses espirituales y temporales y te confío en particular la gracia que me atrevo a implorar de tu bondad, para que la encomiendes a tu divino hijo y le ruegues concedérmela si es conforme a su voluntad y ha de ser para bien de mi alma. Eleva tus manos al señor y vuélvelas luego hacia mi virgen poderosa. Envuélveme en los rayos de tus gracias para que a la luz y al calor de esos rayos, me vaya desapegando de las cosas terrenas y pueda marchar con gozo en tu seguimiento, hasta el día en que me acojas en las puertas del Cielo.
Amén.
Oh Madre buenísima, no me olvides cuando te olvide; no me abandones cuando te abandone; sígueme con tu celestial mirada y llámame cuando me aleje de ti; búscame cuando me esconda; rastréame cuando huya; atame cuando te resista; sométeme cuando me ponga de pie contra ti; levántame cuando caiga; recondúceme por tus caminos cuando me desvíe.
Amén
- Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, inspirador de los Heraldos del Evangelio
Oh purísima y amantísima Virgen María, consuelo de nuestras almas y alegría de la gloria!; rendido a tus pies, humildemente te suplico que te dignes ofrecer a tu dulcísimo Hijo este Cirio signo de Fe y consideración de los divinos misterios que en el Símbolo de los Apóstoles se encierran. Alcánzame el perdón de mis culpas, la enmienda de mis vicios, la práctica de las virtudes y las indulgencias de este día. Te recomiendo la propagación de la fe católica, la extirpación de las herejías, la salud del Sumo Pontífice reinante, la paz y concordia entre los príncipes cristianos, la conversión de los pecadores, el consuelo de los afligidos y el alivio de las benditas almas del Purgatorio.
Amén
Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mi no apartes, ven conmigo a todas partes y solo nunca me dejes, y ya que me protejes tanto, como verdadera madre, haz que me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Amén
OH Inmaculada, reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios confió todo, en el orden de su misericordia.
Yo....... indigno(a) pecador(a), me postro a tus pies, y te suplico encarecidamente te dignes tomarme por completo y totalmente como tu bien y tu propiedad.
Haz de mi lo que te plazca, de todas las facultades de mi alma y de mi cuerpo, de toda mi vida, de mi muerte y mi eternidad. Dispón totalmente de mi mismo(a) como te plazca para que se lleve a cabo lo que se dice de ti:
"Ella te aplastará la cabeza" (Gen 3:15), y también: "Tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero".
Que en tus manos inmaculadas y llenas de misericordiosa, sea yo un instrumento que sirva para implantar y aumentar lo más posible, tu gloria en tantas almas descarriadas y tibias. De este modo, se extenderá cada vez más el Reino dulcísimo del Divino Corazón de Jesús.
Pues allí donde tú entras, obtienes la gracia de la conversión y la santificación, ya que todas las gracias del divino Corazón de Jesús provienen de tus manos."
Amén
María, Madre Inmaculada, fuente de paz y consuelo, acompáñame al cielo para vivir con Jesús.
Madre Inmaculada, a ti acudo movido por el deseo de amar, adorar y servir a tu Divino Hijo. Quiero entregar mi vida sirviendo a la Iglesia, con las virtudes propias de un hijo(a) tuyo(a).
Que tu pureza me llene, que tu fidelidad me impulse, que tu alegría resplandezca, que tu sencillez me acompañe y que tu servicio me identifique.
Quién mejor que tú, Madre Inmaculada, fuente del amor divino, para orientar mi caminar; enséñame a evangelizar amando.
Te consagro hoy mi vida, mi vocación, te ofrezco lo que fui, lo que soy y lo que quiero ser, para que a mi paso y en todo, deje el sello inmaculado de tu presencia, ampárame bajo tu manto, soy hijo(a) tuyo(a).
Amén.
Salve, Regina, Mater misericordiae.
Vita, dulcédo et spes nostra, salve.
Ad te clamámus éxsules filii Evae.
Ad te suspiamus geméntes et flentes in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo, advocáta nostra, illos tuos misericórdes óculos ad nos convérte; et Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium osténde.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.
V/ Ora pro nobis, Sancta Dei Génitrix.
R/ Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
Virgen Santísima de Guadalupe, Reina de los Ángeles y Madre de las Américas. Acudimos a ti hoy como tus amados hijos.
Te pedimos que intercedas por nosotros con tu Hijo, como lo hiciste en las bodas de Caná.
Ruega por nosotros, Madre amorosa, y obtén para nuestra nación, nuestro mundo, y para todas nuestras familias y seres queridos, la protección de tus santos ángeles, para que podamos salvarnos de lo peor de esta enfermedad.
Para aquellos que ya están afectados, te pedimos que les concedas la gracia de la sanación y la liberación.
Escucha los gritos de aquellos que son vulnerables y temerosos, seca sus lágrimas y ayúdalos a confiar.
En este tiempo de dificultad y prueba, enséñanos a todos en la Iglesia a amarnos los unos a los otros y a ser pacientes y amables.
Ayúdanos a llevar la paz de Jesús a nuestra tierra y a nuestros corazones.
Acudimos a ti con confianza, sabiendo que realmente eres nuestra madre compasiva, la salud de los enfermos y la causa de nuestra alegría.
Refúgianos bajo el manto de tu protección, mantennos en el abrazo de tus brazos, ayúdanos a conocer siempre el amor de tu Hijo, Jesús. Amén.
-P. José H. Gómez Arzobispo de Los Ángeles.
“Oh madre consoladora, tú que conoces nuestras penas y nuestros dolores, tú que sufriste desde Belén hasta el Calvario, consuela a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, a todos los que están dispersos y desanimados, a todos los que sienten una ardiente necesidad de amar y dar. Oh Madre consoladora, consuélanos a todos, ayúdanos a comprender que el secreto de la felicidad está en la fidelidad y bondad de tu hijo Jesús. Te damos gloria y te damos gracias ahora y siempre. Amén.”
-San Juan Pablo II:
Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve, María, Madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana; salve, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante.
De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros. Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo en seguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.
La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.
No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.
Esta es, divina María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.
La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la eternidad.
Amén
Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,
Puerta del cielo Santa.
Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.
La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.
Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.
Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.
Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.
Al Padre, al Hijo, al Santo
Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias
Santísima Virgen Inmaculada y Madre mía María: A ti que eres la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza, el Refugio de los pecadores, recurro hoy, yo que soy el más miserable de todos, te venero, oh gran Reina y te agradezco por todas las gracias me has dado hasta ahora, especialmente haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mí.
Yo te amo, Señora amabilísima, y por el amor que te tengo, prometo querer servirte siempre y hacer todo lo que pueda para que tú seas amada más por los demás. Pongo en ti, después de Jesús, todas mis esperanzas, toda mi salud, acéptame como tu siervo, y acógeme bajo tu manto, tú, Madre de Misericordia. Y ya que eres tan poderosa ante Dios, líbrame de todas las tentaciones o si no obténme la fuerza de vencerlas hasta la muerte.
A ti te pido el verdadero amor a Jesucristo, de ti espero tener una buena muerte, Madre mía, por el amor que tienes a Dios, te ruego me ayudes siempre, pero más en el último momento de mi vida. No me abandones hasta no verme salvo en el cielo, bendiciéndote y cantando tus misericordias por toda la eternidad.
Amén
-Padre Pío
Yo,______________, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos, Oh madre Inmaculada, los votos de mi bautismo. Renuncio a Satanás, a todas sus presunciones y a sus obras, y me entrego enteramente a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, para llevar mi cruz siguiendo sus pasos, todos los días de mi vida, y serle fiel de ahora en adelante.
En presencia de la Corte Celestial, te escojo en este día como mi Madre y Señora.
Me consagro a tu Corazón Inmaculado y te entrego, como esclavo, mi cuerpo, mi mente y mi alma; todos mis bienes, tanto interiores como exteriores; y aún el mérito de todas mis buenas obras pasadas, presentes y futuras. Particularmente te consagro a mi familia, otorgándote todo el derecho de disponer de mí y de todo lo que te pertenece según sea de tu agrado.
Amén
En este despertar del amanecer de tu Triunfo, Yo___________, tu hijo, unido en la respuesta a tu llamado maternal, hago este solemne acto de consagración a tu Inmaculado Corazón.
Te ruego, querida Madre, que me lleves en tus manos maternales para ser presentado a Dios Padre en el Cielo y ser así escogido y colocado al servicio de tu Hijo en forma especial, al aceptar los sacrificios del Triunfo de tu Inmaculado Corazón.
Oh Santísima Virgen de Pureza, Mediadora de todas las gracias celestiales, habita en mi corazón, trae contigo a tu Esposo, el Espíritu Santo; así mi consagración será fructífera por medio de los regalos, gracias y dones infundidos por Su llegada. Con el poder de Su presencia permaneceré firme en confianza, fuerte y persistente en la oración y entregado en total abandono a Dios Padre.
Me comprometo a realizar en mí la conversión interior requerida por el evangelio, que me libre de todo apego a mí mismo, de los fáciles compromisos con el mundo, para estar como Tú, sólo disponible para hacer siempre la voluntad del Padre. Yo, _____________, tu hijo(a), en presencia de todos los ángeles de tu Triunfo, de todos los Santos del Cielo y en unión con la Santa Madre Iglesia, renuevo en las manos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los votos de mi Bautismo, y asumo todos sus compromisos.
Ofrezco, querida Madre, todo mi pasado, mi presente y mi futuro, las alegrías y las tristezas, las oraciones y los sacrificios, todo lo que soy y todo lo que tengo y todo lo que el Padre moldeará en mí.
Me comprometo a vivirla según tus deseos, con un renovado espíritu de oración y de penitencia; me comprometo a rezar el Rosario diariamente; me comprometo a un austero modo de vida conforme al Evangelio y me comprometo a ser un buen ejemplo para los demás en la observancia de la ley de Dios, en el ejercicio de las virtudes cristianas y en especial de la caridad, la humildad y la pureza de la infinita misericordia y amor de Dios Padre. Como un apóstol de tu Triunfo, te prometo, Madre, ser testigo de la divina presencia de tu Hijo en la Sagrada Eucaristía, la fuerza unificante de tu poderoso ejército. Que encuentre convicción, confianza en el único centro de unidad que es el Santísimo Sacramento.
«Que sea creada por Él en mí un alma de perfección» con la participación fervorosa en la celebración de la Eucaristía y en su apostolado.
Ruego que Su reflejo brille sobre todo el mundo y sobre todos los hombres. Prometo, Madre mía, la fidelidad a nuestro Santo Padre el Papa como el divino representante de Cristo entre nosotros.
Que esta Consagración le dé a Él la unidad de nuestros corazones, mentes y almas: llevar a una realidad el Triunfo de Tu Inmaculado Corazón, para que pueda descender sobre la tierra bajo su pontificado.
Quiero confiarte, Madre dulcísima y misericordiosa, mi existencia y vocación cristiana, para que Tú dispongas de ella para tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo. Reina de los Apóstoles, Corredentora, guíame en medio de la oscuridad de este tiempo, en el que los rayos de tu amanecer vienen a dar luz a mi horizonte. Con el refugio de tu Inmaculado Corazón como mi faro, mándame a los campos de batalla con tu espada de la verdad y con la coraza de la virtud, para ser su reflejo.
Que el Espíritu Santo se manifieste sobre el mundo como un murmullo de oraciones a través de la unión de corazones. Yo, ________________, como tu hijo, te ofrezco mi Sí al uní- sono con el tuyo propio; te ruego que sea fortificado y permanezca fuerte hasta el final de esta batalla por la culminación de las promesas que hiciste en Fátima: la conversión de Rusia, la tierra de tu más grande victoria, y por medio de la cual vendrá la conversión del mundo entero y el reinado de la paz global.
Doy, Madre, mi amor y compromiso para que siempre estemos unidos en el SI de la eternidad y en las profundidades de tu Triunfante Inmaculado Corazón. Colócame en tu Corazón Inmaculado y cúbreme con tu manto. Amén
Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos llevas a Jesús, Príncipe de la paz.
Nosotros hemos perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales. Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes. Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común. Hemos destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza decimos: perdónanos, Señor.
En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura.
Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión. En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti. Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio.
Así lo hiciste en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3). Repíteselo otra vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna.
Acoge, oh Madre, nuestra súplica.
Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la tormenta de la guerra.
Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación.
Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.
Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.
Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.
Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar.
Reina de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.
Reina de la paz, obtén para el mundo la paz.
Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la paz. Que tus manos maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.
Santa Madre de Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti. Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27). Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti. El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria.
Por eso, Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania. Acoge este acto nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará. A ti, pues, te consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.
Que a través de ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios. Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz.
Amén
Santa María, Virgen de Fátima, nos encomendamos a tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos a los que nunca te cansas de visitar e invitar a la conversión. Tú sabes cómo desatar los nudos de nuestro corazón y de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti.
Madre nuestra, Virgen de Fátima, que a través de ti la Divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas.
Vuelve a traernos la armonía de Dios. Haz de nosotros artesanos. De comunión. Guíanos por los senderos de la paz.
Amén
- Papa Francisco
¡Oh, María! Tú, que sabes desatar los nudos de nuestra existencia y conoces los deseos de nuestro corazón, ven en nuestra ayuda. Estamos seguros de que, como en Caná de Galilea, harás que vuelva la alegría a nuestras casas después de este momento de prueba. Ayúdanos, Madre del Amor Divino, a aceptar la voluntad del Padre y a hacer lo que nos diga Jesús, que tomó sobre sí nuestros sufrimientos para llevarnos, a través de la cruz a la alegría de la Resurrección. Amén.
- Papa Francisco
Madre, yo quisiera retenerte,
no soltarme de tu mano,
que me lleves hasta el Cielo,
y quedarme allí a tu lado.
Tu fragancia huele a rosas,
tu piel se asemeja al terciopelo,
tus ojos brillan cual luz
que ilumina al mismo Eterno.
Tus brazos, sostén de tu Niño
y de todo el universo,
tu manto refugio constante
del hambriento y del sediento.
Toda Tú eres ternura,
caricia, paz y sosiego,
eres prudente, eres buena,
eres Madre de los pueblos.
Amén
Bienaventurada María Virgen de Fátima, con renovada gratitud por tu presencia maternal unimos nuestra voz a la de todas las generaciones que te llaman bienaventurada. Celebramos en ti las grandes obras de Dios, que nunca se cansa de inclinarse con misericordia hacia la humanidad, afligida por el mal y herida por el pecado, para curarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de Madre el acto de consagración que hoy hacemos con confianza, ante esta imagen tuya tan querida por nosotros. Estamos seguros de que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos y que nada de lo que habita en nuestros corazones es ajeno a ti.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada y recibimos la consoladora caricia de tu sonrisa. Custodia nuestra vida entre tus brazos: bendice y refuerza todo deseo de bien; reaviva y alimenta la fe; sostiene e ilumina la esperanza; suscita y anima la caridad; guíanos a todos nosotros por el camino de la santidad.
Enséñanos tu mismo amor de predilección por los pequeños y los pobres, por los excluidos y los que sufren, por los pecadores y los extraviados de corazón: congrega a todos bajo tu protección y entrégalos a todos a tu dilecto Hijo, el Señor nuestro Jesús. Amén.
Oh María, Madre de Jesús, nuestro Salvador y nuestra buena madre! Nosotros venimos a ofrecerte, con estos obsequios que colocamos a tus pies, nuestros corazones deseosos de serte agradable, y a solicitar de tu bondad un nuevo ardor en tu santo servicio.
Dígnate a presentarnos a tu Divino Hijo, que en vista de sus méritos y a nombre de su Santa Madre, dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud. Que haga lucir con nuevo esplendor la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error. Que vuelvan hacia Él, y cambien tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará Su corazón y el tuyo. Que convierta a los enemigos de su Iglesia y que en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanzas para el porvenir.
Amén.
Oh María!, durante el bello mes a ti consagrado, todo resuena con tu nombre y alabanza. Tu santuario resplandece con nuevo brillo, y nuestras manos te han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presides nuestras fiestas y escuchas nuestras oraciones y votos.
Para honrarte, hemos esparcido frescas flores a tus pies, y adornado tu frente con guirnaldas y coronas. Mas, ¡oh María!, no te das por satisfecha con estos homenajes. Hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que tú esperas de tus hijos, porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden depositar a sus pies, es la de sus virtudes.
Sí, los lirios que tú nos pides son la inocencia de nuestros corazones. Nos esforzaremos, pues, durante el curso de este mes consagrado a tu gloria, ¡Oh Virgen Santa!, en conservar nuestras almas puras y sin manchas, y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aun la sombra misma del mal. La rosa, cuyo brillo agrada a tus ojos, es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos. Nos amaremos, pues, los unos a los otros, como hijos de una misma familia, cuya Madre eres, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este mes bendito, procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que te es tan querida, y con tu auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y esperanzados. ¡Oh María!, haz producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia, para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y la mejor de las madres, Amén.
Oh, madrecita de Guadalupe,
Enséñanos a obrar siempre el bien,
A seguir las enseñanzas de tu amado hijo Jesús,
Como el mismo en su palabra nos educó
Si buscamos tu bendición, ayúdanos a cumplir los mandatos de tu hijo,
Nuestro redentor y salvador.
Bella señora de cielos y tierras, Gloriosísima morenita de Guadalupe.
Que siempre nos has mostrado tu bondad,
Cuando llenos de problemas hemos acudido a ti,
Que nos has cubierto con tu manto protector,
Cuando hemos llorado lagrimas sinceras ante ti.
Virgen purísima, bendita madre de Dios,
Te pido que intercedas ante tu hijo Jesús,
Para que sea mi valedor y guía,
Para que encuentre abiertas todas las puertas a mi paso,
Y mis caminos limpios y despejados.
Pide al Espíritu Santo, para que sea mi norte,
Y me llene de inteligencia y sabiduría en mis decisiones,
Para que pueda avanzar y hallar las mejores soluciones,
Y al final salir airoso de lo que me aflige y no me permite dormir.
Mi señora, que eres llena de gracia,
Inmaculada Virgen de Guadalupe,
Dame tu luz, dame fuerzas para continuar,
Regálame tu poderosa mediación,
Para que el milagro que estoy esperando pueda por fin llegar.
Oh, santísima señora de Guadalupe,
Tú que estas en los cielos, acude en mi ayuda,
Porque para ti no hay imposibles,
Porque tú eres milagrosa,
Por eso me encomiendo hoy a ti,
Para que tus manos nunca dejen de bendecirme.
Oh, madrecita linda,
Ruega por mí y por todos tus hijos,
No dejes de pedir a Dios por nosotros los pecadores.
AMEN.
(Una vez terminada la oración de la virgen de Guadalupe realizas tu petición)
Rezar 3 avemarías, el padrenuestro y gloria.
Realizar esta oración a la virgen de Guadalupe durante 7 días seguidos con mucha fe.
Nuestra Señora de los Dolores, te presento todas mi necesidades, angustias, tristezas, miserias y sufrimientos.
Oh Madre de los dolores y reina de los mártires, que tanto sufriste al ver a tu Hijo flagelado, escarnecido y muerto para salvarme, acoge mis plegarias.
Madre amable, concédeme una verdadera contrición de mis pecados y un sincero cambio de vida.
Nuestra Señora de los Dolores, que estuviste presente en el calvario de Nuestro Señor Jesucristo, permanece también presente en mis calvarios. Te suplico esta gracia de la que tanto necesito:
(Petición)
Por piedad, oh abogada de los pecadores, no dejes de amparar mi alma en aflicción y en el combate espiritual que estoy atravesando en todo momento.
Nuestra Señora de los Dolores, cuando los dolores y los sufrimientos lleguen, no dejes que me desanime.
Madre de los dolores, envuélveme en tu sagrado manto y ayúdame a pasar por el valle de lágrimas.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, ¡Dios te salve! A ti clamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea pues, señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
Permanece con nosotros y danos tu auxilio, para que podamos convertir las luchas en victorias, y los dolores en alegrías.
Ruega por nosotros, oh Madre, porque no eres sólo la Madre de los dolores, sino también la Señora de todas las gracias.
Amén.
V/ Nuestra Señora de los Dolores,
R/ Fortaléceme en los sufrimientos de la vida. (3x)
Señora y Madre nuestra: tu estabas serena y fuerte junto a la cruz de Jesús. Ofrecías tu Hijo al Padre para la redención del mundo.
Lo perdías, en cierto sentido, porque Él tenía que estar en las cosas del Padre, pero lo ganabas porque se convertía en Redentor del mundo, en el Amigo que da la vida por sus amigos.
María, ¡qué hermoso es escuchar desde la cruz las palabras de Jesús: "Ahí tienes a tu hijo", "ahí tienes a tu Madre".
¡Qué bueno si te recibimos en nuestra casa como Juan! Queremos llevarte siempre a nuestra casa. Nuestra casa es el lugar donde vivimos. Pero nuestra casa es sobre todo el corazón, donde mora la Trinidad Santísima.
Amén.
Bendíceme, madre y ruega por mí sin cesar.
Aleja de mi, hoy y siempre el pecado.
Si tropiezo, tiende tu mano hacia mí.
Si cien veces caigo, cien veces levántame.
Si yo te olvido, tú no te olvides de mí.
Si me dejas Madre mía ¿Qué será de mí?
En los peligros del mundo asísteme.
Quiero vivir y morir bajo tu manto.
Quiero que mi vida te haga sonreír.
Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.
Y al fin, sal a recibirme y llévarme junto a mis seres queridos que ya se han adelantado y junto a tu hijo.
Tu bendición me acompañe hoy y siempre.
Amén
Santa María desatadora de nudos Santa María, llena de la presencia de Dios, durante los días de tú vida aceptaste con toda humildad la voluntad del Padre, y el maligno nunca fue capaz de entregarte con sus confusiones. Ya junto a tú hijo intercediste por nuestras dificultades y, con toda sencillez y paciencia, nos diste ejemplo de cómo desenredar la madeja de nuestras vidas, y al quedarte para siempre como Madre Nuestra, pones en orden y haces más claros los lazos que nos unen al señor.
Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Tú que con corazón materno desatas los nudos que entorpecen nuestra vida, te pedimos que nos recibas en tus manos y que nos libres de las ataduras y confusiones con que nos hostiga el que es nuestro enemigo.
Por tu gracia, por tu intercesión, con tú ejemplo, líbranos de todo mal, Señora Nuestra y desata los nudos, que impiden nos unamos a Dios, para que libres de toda confusión y error, los hallemos en todas las cosas, tengamos en el puestos nuestros corazones y podamos servirle siempre en nuestros hermanos.
Amén.
Oh incomparable Señora del Rosario de Chiquinquirá!
Madre de Dios, Reina de los ángeles,
abogada de los pecadores,
refugio y consuelo de los afligidos y atribulados.
Virgen Santísima, llena de poder y de bondad,
lanza sobre nosotros una mirada favorable
para que seamos socorridos por Ti
en todas las necesidades en que nos encontramos.
Acuérdate, ¡Oh clementísima Señora del Rosario!,
que nunca se oyó decir que alguien que haya recurrido a Ti,
invocado tu Santísimo nombre,
e implorado tu singular protección,
fuese por ti abandonado.
Animados con esta confianza, a ti recurrimos.
Te tomamos desde hoy y para siempre por Madre nuestra,
nuestra protectora, consuelo y guía,
esperanza y luz en la hora de la muerte.
Líbranos de todo aquello que pueda ofenderte
y a Tu Santísimo Hijo, Jesús.
Presérvanos de todos los peligros del alma y del cuerpo;
dirígenos en todos los negocios espirituales y temporales;
líbranos de la tentación del demonio,
para que andando por el camino de la virtud,
podamos un día verte y amarte en la eterna gloria,
por todos los siglos de los siglos.
Amén.
Querida y tierna madre mía María, ampárame y cuida de mi inteligencia, de mi corazón y mis sentidos para que nunca cometa el pecado. Santifica mis pensamientos, afectos, palabras y acciones para que pueda agradarte a ti, a tú Jesús y Dios mio.
Amén
¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas! Aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria.
Amén.
Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.
Terminar con las siguientes jaculatorias:
¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!
Refugio de pecadores, rogad por nosotros.
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
Avemaría, padrenuestro y gloria por las intenciones del Papa.
María, Madre mía, me confío a ti. Madre, dame Tu mano y de mi no te apartes cuando el enemigo me aseche.
Deja que me apoye en Ti cuando vaya por difíciles caminos.
Enséñame la senda que me lleva al cielo cuando buscando los bienes terrenos me olvidara yo de los eternos.
Intercede por mi para que el Padre me perdone de lo mucho que he pecado, mis inconstancias, mi falta de piedad y caridad. Pídele Madre que me de las fuerzas necesarias para dejar atrás mis pecados. Dile que me de fuerzas para resistir las penas que me han de herir y mortificar.
Enjuga Tú, mis lágrimas con Tu dulzura y no permitas que la tristeza dañe mi corazón.
Cubre con Tu manto mis penas y preocupaciones. Regálame la paz que de Tus ojos mana y muéstrame las huellas del amor y la humildad.
Mírame Madre mía, enséñame a rezar, enséñame a amar la voluntad del Padre, enséñame a abrir el corazón a Tu Hijo. Enséñame a amar como lo haces Tú. Madre mía, esperanza mía, ruega por nosotros.
Amén
Virgen del Carmen, oh Madre mía, me consagro a Tí,
y confío en tus manos- mi existencia entera. Acepta mi pasado con todo lo que ha sido. Acepta mi presente con todo lo que es. Acepta mi futuro con todo lo que será.
Con esta total consagración te confío cuanto tengo y cuanto soy, todo lo que he recibido de tu Hijo Sacratísimo y de tu Esposo Santísimo.
AMEN
Oh, Virgen mía, Oh, Madre mía,
yo me ofrezco enteramente a tu Inmaculado Corazón
y te consagro mi cuerpo y mi alma,
mis pensamientos y mis acciones.
Quiero ser como tú quieres que sea,
hacer lo que tú quieres que haga.
No temo, pues siempre estás conmigo.
Ayúdame a amar a tu hijo Jesús,
con todo mi corazón y sobre todas las cosas.
Pon mi mano en la tuya para que esté siempre contigo.
Amén
Querida Madre, Reina y Victoriosa Tres Veces Admirable de Schoenstatt; vengo a Ti con ilimitada confianza a implorar tu ayuda para obtener de Dios lo que humildemente pido:
Tu Hijo Divino te entregó a mí como madre. Sus palabras “He ahí a tu Madre” me las dijo también a mí, y a ti te dijo: “He ahí a tu hijo”.
¡Aquí estoy, arrodillado a tus pies!
¡Qué consuelo tenerte como Madre!
Por lo tanto acudo a Ti en mi angustia. Recurro a Ti, Madre, Reina y Victoriosa Tres Veces Admirable de Schoenstatt, sabiendo que todos tus hijos que han acudido a Ti han recibido tu protección y ayuda.
Tú misma has llevado a cuesta grandes penas. Como Madre dolorosa permaneciste al pie de la cruz. Ahora que vengo a Ti con mi dolor, ¿despreciarás esta humilde y angustiosa súplica?
¡No, nunca!
Tú eres la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, el auxilio de los cristianos. Me llena de consuelo especial, el hecho de que Tú eres Madre, Reina y Victoriosa Tres Veces.
Admirable de Schoenstatt, un título de honor que quiere decir simplemente que eres maravillosa en todo momento y lugar.
Obtén para mí, de tu Hijo Divino, la respuesta a mi plegaria… (dila aquí en silencio) y yo repetiré tu Magnificat y pregonaré la misericordia de Nuestro Señor por toda la eternidad.
Amén.
Madre tres veces Admirable, consérvanos siempre como instrumento tuyo; haz que con amor, hoy y todos los días, nos pongamos a tu servicio.
Según los deseos de Dios, usa de nosotros enteramente para tu Reino de Schoenstatt.
Toma el corazón y la voluntad: te pertenecen por completo; ciegamente quieren doblegarse a tus indicaciones y a tu palabra.
Ser total posesión tuya es, para el instrumento, su honra y su gloria.
Esta pronto a servir sin reservas a tu Obra de Schoenstatt.
Mándanos sufrimientos, guíanos a la lucha, danos ganar la victoria plena.
Contra las argucias y la saña del Demonio danos luz, templa nuestro espíritu.
Aseméjanos a ti y enséñanos a caminar por la vida tal como tú lo hiciste: fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría.
En nosotros recorre nuestro tiempo preparándolo para Cristo Jesús.
Aunque nos amenacen el mundo y el Demonio, o tempestades se ciernan sobre nosotros, tú vences todos los peligros y nos concedes tu inmenso poder.
Tu corazón, puerta del cielo, es siempre nuestro seguro amparo.
Nunca pereceremos si somos fiel instrumento tuyo; nos ayudas en todo instante para que demos abundantes frutos.
Con alegría caminemos de tu mano hacia el eterno Schoenstatt.
Amén.
Madre, ¿quieres mi trabajo?
-aquí estoy.
¿Quieres que todas las fuerzas de mi espíritu
lentamente se desangren?
-Aquí estoy.
¿Quieres mi muerte?
-Aquí estoy,
pero procura que todos
los que tú me has confiado
amen a Jesús,
vivan para Jesús
y aprendan a morir por Jesús.
Amén
Gracias por todo, Madre,
todo te lo agradezco de corazón,
y quiero atarme a ti
con un amor entrañable.
¡Qué hubiese sido de nosotros
sin ti, sin tu cuidado maternal!
Gracias porque nos salvaste
en grandes necesidades;
gracias porque con amor fiel
nos encadenaste a ti.
Quiero ofrecerte eterna gratitud
y consagrarme a ti con indiviso amor.
Amén.
Santísima Virgen refugio de los pecadores, que enseñaste a los pastorcitos de Fátima a rogar a Dios que los libres de las llamas del infierno y que alivie a las almas del purgatorio, infunde en nosotros el santo temor de Dios y un horror grande al pecado mortal y aún a las culpas veniales, e inflamanos en un compasivo celo, generoso, activo, por la salvación de todas las almas.
Amén.
Al cielo vas, Señora, allá te reciben con alegre canto¡ oh quién pudiera ahora asistir a tu manto para subir contigo al monte santo! Que si con clara vista miras las tristes almas de este suelo, con propiedad no vista las subirás de vuelo, como perfecta piedra imán al cielo. Amén.
Oh María, Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. Nosotros nos encomendamos a Ti, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del Pueblo Romano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos. Y ha tomado sobre sí nuestros dolores para llevarnos, a través de la Cruz, al gozo de la Resurrección. Amén. Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén
Papa Francisco
Dios te salve María llena eres de gracia el señor está contigo y bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús santa María madre de Dios ruega por nosotros pecadores a hora y en la hora de nuestra muerte. Amén
Santísima Virgen Inmaculada y Madre mía María, a ti que eres la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza, el Refugio de los pecadores, recurro hoy, yo que soy el más miserable de todos, te venero, oh gran Reina y te agradezco por todas las gracias me has dado hasta ahora, especialmente haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mí.
Yo te amo, Señora amabilísima, y por el amor que te tengo, prometo querer servirte siempre y hacer todo lo que pueda para que tú seas amada más por los demás.
Pongo en ti, después de Jesús, todas mis esperanzas, toda mi salud, acéptame como tu siervo, y acógeme bajo tu manto, tú, Madre de Misericordia.
Y ya que eres tan potente ante Dios, líbrame de todas las tentaciones o obténme la fuerza de vencerlas hasta la muerte.
A ti te pido el verdadero amor a Jesucristo, de ti espero hacer una buena muerte, Madre mía, por el amor que tienes a Dios, te ruego me ayudes siempre, pero más en el último momento de mi vida. No me abandones hasta no verme salvo en el cielo, bendiciéndote y cantando tus misericordias por toda la eternidad.
Amen
Bendiceme ¡Madre! Y ruega por mi sin cesar,
Aleja de mi, hoy y siempre el pecado.
Si tropiezo, tiende tu mano hacia mi.
Si cien veces caigo, cien veces levantame.
Si yo te olvido, tu no te olvides de mi
¡Si me dejas Madre!, ¿Que sera de mi?
En los peligros del mundo asísteme.
Quiero vivir y morir bajo tu manto.
Quiero que mi vida te haga sonreír.
Mírame con compasión, no me dejes Madre mia
Y al final, sal a recibirme, llévame hoy y siempre.
Amen
Madre de misericordia, tú que estás llena de caridad para con todos, no te olvides de mis miserias. Tú ya las conoces.
Encomiendame al Dios que nada te niega. Obtenme la gracia de poderte imitar en el santo amor, tanto para con Dios como para con el prójimo.
Amén
Reina de los ángeles y santos, y mi madre querida, María, Indúceme en reverencia del Altísimo;
Muéveme al conocimiento de mi bajeza.
Muéveme a temer el pecado y aborrecerle, aunque sea muy leve.
Muéveme a aborrecer la vanidad terrena y a negar mis inclinaciones.
Muéveme a desear el último lugar y el desprecio de las criaturas.
Muéveme a amar la cruz y llevarla con esforzado y dilatado corazón.
¡Indúceme a padecer con alegría! Inflámame en amor casto del Altísimo y a amar a quien me persiguiere.
Muéveme a aspirar a lo más puro, perfecto y acendrado de la virtud y a unirme con el sumo y verdadero Bien.
Amen.
Bendita seas, Virgen María, porque hallaste gracia a los ojos de Dios. De tu vientre nació Jesús, y por ello Dios se recrea en tu belleza. Virgen Sagrada María, yo te ofrezco alma, vida y corazón, mírame con amor, necesito tu bendición atiende esta súplica (decir la petición) y con San Miguel Arcángel, protégeme de todo ataque del demonio, necesito tu defensa y por ello acudo a ti.
Así sea.
Dame tus ojos, madre, para poder mirar si tume das tus ojos jamas podre pecar.
Dame tus labios, madre, para poder rezar; si rezo con tus labios, jesus me escuchará.
Dame tu lengua, madre, para ir a comulgar, es tu lengua patena de gracia y santidad.
Dame tus manos, madre, que quiero trabajar, entonces mi trabajo, valdrá una eternidad.
Dame tu manto, madre, que cubra mi maldad, cubierto(a) con tu manto al cielo he de llegar.
Dame tu cielo, oh madre, para poder gozar, si tú me das el cielo ¿que mas puedo anhelar?
Dame a jesus, oh madre, para poder amar, ésta será mi dicha por una eternidad.
Amén.
Hermosa Señora de La leche, amadísima madre del Niño Jesús y Madre mía, escucha mi humilde oración. Tu corazón de madre sabe todos mis deseos, todas mis necesidades. Solo a ti, Inmaculada Virgen, tu hijo Divino ha dado a comprender los sentimientos que llenan mi alma. Tuyo fue el sacro privilegio de ser Madre del Salvador. Intercede ahora con Él, mi amadísima Madre, para que, de acuerdo con Su voluntad, pueda yo ser madre de otros hijos enviados por Nuestro Señor. Esto pido, O Señora de La Leche, en nombre de tu Hijo Divino, mi Señor y Redentor. Amén.
O Señor Jesucristo, por la intercesión de Tu tierna Madre, Nuestra Señora de la Leche, quien te llevó cerca de su corazón durante esos largos meses antes de tu nacimiento, me entrego en tus manos. Líbrame te imploro, de preocupaciones inútiles y consumidoras. Acepta el sacrificio de mis males y dolores, los cuales yo uno con tus padecimientos en la cruz. Sobre todo, misericordioso y amadísimo Jesús, protege de todo mal a este hijo que tú me has dado, dotándolo de la salud y vigor que necesita cada niño. Inculca en mi corazón y en mis labios las palabras y las oraciones de tu Madre y la mía, Nuestra Hermosa Señora de La Leche. Todo esto pido en fin de que mi hijo y yo podamos vivir para alabar eternamente tu Santo Nombre. Amén.
A ti, Hermosa Señora de La Leche, y a tu hijo Divino, dedico ahora esta criatura que nuestro Señor me ha dado. Pido que me obtengas las gracias físicas y espirituales que necesito, para cumplir mis deberes a cada momento. Inspírame con los sentimientos maternales que sentiste durante la época que pasaste al lado del Niño Jesús. Consigue que yo, imitándote a ti, O Señora de la Leche, alimente a mi hijo en perfecta salud. En todas las cosas, ayúdame a seguir el ejemplo, que tú, modelo perfecto de todas las madres, me has dado. Permite que mi familia refleje las virtudes de tu Sagrada Familia en Nazaret. Por último, encomiendo a tu cariñoso cargo todas las madres de la tierra, en cuyas manos Él ha confiado las almas de Sus pequeños.
Amén.
¡Oh Virgen naciente,
esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias!
¡Oh Virgen fiel,
que siempre estuviste dispuesta y fuiste solícita para acoger, conservar y meditar la Palabra de Dios, haz que también nosotros, en medio de las dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana, tesoro precioso que nos han transmitido nuestros padres!
¡Oh Virgen potente,
que con tu pie aplastaste la cabeza de la serpiente tentadora, haz que cumplamos, día tras dÍa, nuestras promesas bautismales, con las cuales hemos renunciado a Satanás, a sus obras y a sus seducciones, y que sepamos dar en el mundo un testimonio alegre de esperanza cristiana!
¡Oh Virgen clemente,
que abriste siempre tu corazón materno a las invocaciones de la humanidad, a veces dividida por el desamor y también, desgraciadamente, por el odio y por la guerra, haz que sepamos siempre crecer todos, según la enseñanza de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial!
Amén.
ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Virgen María de la Merced, bondadosa Madre de Dios, estrella resplandeciente del mar, luna purísima que recoges los rayos del Sol de Justicia, te nutres de ellos para reflejarlos de la mejor manera.
Escucha Madre, nuestros ruegos; tú que benigna atendiste desde el cielo los tristes lamentos de los pobres cautivos que gemían sin consuelo en la dura opresión de los moros, y rompiste los grillos y cadenas que los aprisionaban, por medio de tu familia de redentores.
Por tu ardiente caridad, por tus virginales entrañas en que se encarnó el Hijo de Dios para nuestro remedio, te pedimos, Madre querida, que rompas las cadenas de nuestro pecado, para que libres de ellas, podamos conformarnos con tu Hijo el Señor Jesús. Amén.
Oh santísima Virgen María, Reina del Rosario y Madre de misericordia, que te dignaste manifestar en Fátima la ternura de vuestro Inmaculado Corazón trayéndonos mensajes de salvación y de paz. Confiados en vuestra misericordia maternal y agradecidos a las bondades de vuestro amantísimo Corazón, venimos a vuestras plantas para rendiros el tributo de nuestra veneración y amor. Concédenos las gracias que necesitamos para cumplir fielmente vuestro mensaje de amor, y la que os pedimos en este Rosario, si ha de ser para mayor gloria de Dios, honra vuestra y provecho de nuestras almas.
Así sea.
Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista, haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable y recibiste el alegre consuelo de la resurrección, recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte. Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas, intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
Santa María de la Caridad, que viniste como mensajera de paz, flotando sobre el mar. Tú eres la Madre de todos los cubanos.
A ti acudimos, Santa Madre de Dios, para honrarte con nuestro amor de hijos. En tu corazón de Madre ponemos nuestras ansias y esperanzas, nuestros afanes y nuestras súplicas:
Por la Patria desgarrada, para que entre todos construyamos la paz y la concordia.
Por las familias, para que vivan la fidelidad y el amor.
Por los niños, para que crezcan sanos corporal y espiritualmente. Por los jóvenes para que afirmen su fe y su responsabilidad en la vida y en lo que da el sentido a la vida.
Por los enfermos y marginados, por los que sufren en soledad, por los que están lejos de la Patria, y por todos los que sufren en su corazón.
Por la Iglesia cubana y su misión evangelizadora; por los sacerdotes y diáconos; religiosos y laicos. Por la victoria de la justicia y del amor en nuestro pueblo.
¡Madre de la Caridad, bajo tu amparo nos acogemos!
¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito Jesús, el fruto de tu vientre!
A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.
Amén.
Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En los desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis soledades: acompáñame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame. En las tentaciones: defiéndeme. En las horas difíciles: consuélame. Con tu corazón Maternal: ámame. Con tu inmenso poder: protégeme. Y en tus brazos al expirar: recíbeme. Amén.
Virgen de Guadalupe Dios de poder y de misericordia, bendijiste la América en el Tepeyac con la presencia de la Virgen María de Guadalupe. Que su intercesión ayude a todos, hombres y mujeres, a aceptarse entre sí como hermanos y hermanas. Por tu justicia, presente en nuestros corazones, reine la paz en el mundo.
Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Virgen de Guadalupe Virgen Santísima de Guadalupe, Madre y Reina de nuestra Patria, aquí nos tienes humildemente postrados ante tu prodigiosa imagen.
En ti ponemos toda esperanza.
Tu eres nuestra vida y consuelo.
Estando bajo tu sombra protectora, y en tu maternal regazo, nada podremos temer. Ayúdanos en nuestra peregrinación terrena e intercede por nosotros ante tu Divino Hijo en el momento de la muerte, para que alcancemos la eterna salvación del alma. Así sea.
Virgen Santísima Inmaculada y Madre mía María, a Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la abogada, la esperanza, el refugio de los pecadores, acudo en este día yo, que soy el más miserable de todos.
Os venero, ¡oh gran Reina!, y os doy las gracias por todos los favores que hasta ahora me habéis hecho, especialmente por haberme librado del infierno, que tantas veces he merecido.
Os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo prometo serviros siempre y hacer cuanto pueda para que también seáis amada de los demás. Pongo en vuestras manos toda mi esperanza, toda mi salvación; admitidme por siervo vuestro, y acogedme bajo vuestro manto, Vos, ¡oh Madre de misericordia! Y ya que sois tan poderosa ante Dios, libradme de todas las tentaciones o bien alcanzadme fuerzas para vencerlas hasta la muerte.
Os pido un verdadero amor a Jesucristo. Espero de vos tener una buena muerte; Madre mía, por el amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero más en el último instante de mi vida. No me dejéis hasta que me veáis salvo en el cielo para bendeciros y cantar vuestras misericordias por toda la eternidad. Así lo espero.
Amén.
Santa María, Madre de Dios, Virgen Inmaculada, Vos habéis aparecido dieciocho veces a Bernardita en la gruta de Lourdes, para recordar a los cristianos las maravillas y las exigencias del Evangelio, invitándoles a la oración, a la penitencia, a la eucaristía y a la vida en la Iglesia. Para mejor responder a vuestra llamada, yo me consagro por vuestras manos a vuestro hijo Jesús…
Hacedme dócil al espíritu; y por el fervor de mi fe, por la manifestación de mi vida, por mi dedicación al servicio de los enfermos, haz que yo trabaje con Vos en confortar a los que sufren, en reconocimiento a los hombres, en trabajar por la unidad de la Iglesia y por la paz del mundo. Con toda confianza, oh Señora mía, yo os dirijo esta plegaria y os pido que la acojáis y la atendáis. Amén. Nuestra Señora de Lourdes, rogad por nosotros. Santa Bernardita, rogad por nosotros.
Amén.
Dóciles a la invitación de tu voz maternal, oh Virgen Inmaculada de Lourdes, acudimos a tus pies en la humilde gruta donde aparecisteis para indicar a los extraviados el camino de la oración y penitencia, dispensando a los que sufren las gracias y prodigios de tu soberana bondad.
Recibid, oh reina compasiva, las alabanzas y súplicas que pueblos y naciones, unidos en la angustia y la amargura, elevan confiados a Ti.
¡Oh blanca visión del paraíso, aparta de los espíritus las tinieblas del error con la luz de la fe!
¡Oh mística rosa, socorre las almas abatidas, con el celeste perfume de la esperanza!
¡Oh fuente inagotable de aguas saludables, reanima los corazones endurecidos, con la ola de la divina caridad!
Haz que nosotros tus hijos, confortados por Ti en las penas, protegidos en los peligros, apoyados en las luchas, amemos y sirvamos a tu dulce Jesús, y merezcamos los goces eternos junto a Ti.
Amén.
Virgen de las Lágrimas, socórrenos: con la luz que irradia de tu Bondad, con el consuelo que brota de tu Corazón, con la paz, tú que eres reina de la paz.
Con toda confianza, te presentamos nuestra súplica: aquí están nuestras penas para que nos consueles, nuestros cuerpos para que los sanes, nuestros corazones, para que los llenes de contrición y caridad, nuestras almas, para que obtengas su salvación.
Recuerda, o Corazón doloroso e inmaculado que ante tus Santas Lágrimas, Jesús no te negó nunca nada. Dígnate pues, Madre Santa, a unir nuestras lágrimas a las Tuyas, para que tu divino Hijo nos conceda la gracia... (hágase aquí la petición) que con tanto ardor te imploramos. ¡Madre amantísima, de las Lágrimas y de la Misericordia, ten piedad de nosotros!
Amén.
María, Virgen de los Pobres, Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es Dios, nuestro Padre, que te ha enviado a nosotros. Lo que tú has sido siempre para nosotros lo sigues siendo y lo serás siempre para aquellos que, como nosotros y aún mejor que nosotros, te ofrecen su fe y su oración.
Tú serás para nosotros lo que has revelado en Banneux: La Mediadora de todas las gracias, la Madre del Salvador, Madre de Dios, la Madre compasiva y poderosa que ama a los pobres y a todos los hombres, que alivia el sufrimiento, que salva a los individuos y a las sociedades, la Reina y la Madre de todas las naciones, que ha venido a nosotros para conducir a los que se dejan guiar por ti hacia Jesús verdadera y única Fuente de la vida eterna.
Amén
Postrado ante vuestro acatamiento, ¡Oh Virgen de la Medalla Milagrosa!, y después de saludaros en el augusto misterio de vuestra concepción sin mancha, os elijo, desde ahora para siempre, por mi Madre, Abogada, Reina y Señora de todas mis acciones y Protectora ante la majestad de Dios. Yo os prometo, virgen purísima, no olvidaros jamás, ni vuestro culto ni los intereses de vuestra gloria, a la vez que os prometo también promover en los que me rodean vuestro amor. Recibidme, Madre tierna, desde este momento y sed para mí el refugio en esta vida y el sostén a la hora de la muerte. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.
Amén.
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.
Amén.
Madre de todos los hombres, enséñanos a decir ""Amén"".
Cuando la noche se acerca y se oscurece la fe. Madre de todos los hombres, enséñanos a decir ""Amén"".
Cuando el dolor nos oprime y la ilusión ya no brilla. Madre de todos los hombres, enséñanos a decir ""Amén"".
Cuando aparece la luz y nos sentimos felices.
Madre de todos los hombres, enséñanos a decir ""Amén"".
Cuando nos llegue la muerte y tú nos lleves al cielo.
Madre de todos los hombres, enséñanos a decir ""Amén"".
Amén
Acordaos, oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que haya acudido a Vos, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, oh Virgen, Madre de la vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vuestra presencia Soberana. No desechéis oh purísima Madre de Dios mis humildes súplicas, antes bien, escuchadlas favorablemente.
Así sea.
Lirio frágil y esbelto tan fragante quiero verte a mi lado, mi ternura de Madre por ti vela con amor exquisito, dulce amparo.
Si peligros te cercan por doquiera con fementido halago, y el mundo te presenta su hechizos, que encierran brillo falso.
Acude a mí. Mi velo te cobija con maternal cuidado, y este velo de virgen sabrá darte de la pureza los divinos rasgos.
En contra del demonio y sus ardides cubrirte he con mi manto. Este manto de reina es poderoso, y defender sabré tu débil tallo.
Y si las amarguras de la vida te causarán quebranto, ven a mi corazón, nido de amores, que consuelo te brinda de antemano.
Mi corazón de Madre siempre escucha, a aquél, que suspirando, acude a mi, nadie ha podido decir, que me invocó sin resultado.
Mi corazón de Madre es el tesoro que da tierno descanso, esa paz abundosa, reposada, para las luchas y dolores arduos.
Mi corazón de Madre quiere darte un don, el más preciado, que conozcas, que ames a mi hijo, y que grabes en ti todos sus rasgos.
Es el Amigo Fiel que no abandona, su amor es soberano.
Con ternura especial por ti vela, como nadie jamás habría velado.
Y aunque todos te olviden, te desprecien, o te sean ingratos, Jesús por siempre te amará con creces, como nadie jamás te hubiera amado.
No olvides pues su amor ni lo desdeñes, y en Él siempre confiando, hallarás fuerza invicta en la ardua lucha por conservar tu brillo siempre intacto.
Y con mi velo virginal cubierto, y con mi regio manto, vivirás, lirio fiel, cabe tu Madre su corazón por ti siempre velando.
Amén.
-Madre Teresa Guevara Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús-
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amen.
V. El Ángel del Señor lo anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Dios te salve, María… Santa María…
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra. Dios te salve, María… Santa María…
V. El Verbo se hizo carne.
R. Y vivió entre nosotros. Dios te salve, María… Santa María…
V. Rogad por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
V. Alégrate, Reina del cielo. Aleluya.
R. Porque el que mereciste llevar en tu seno. Aleluya.
V. Ha resucitado, según predijo. Aleluya.
R. Ruega por nosotros a Dios. Aleluya.
V. Gózate y alégrate, Virgen María. Aleluya.
R. Porque ha resucitado Dios verdaderamente. Aleluya.
V. Oremos: Oh Dios que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos por su Madre, la Virgen María, alcanzar el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.
R. Amén.
María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus entrañas, alimentaste con tu pecho y estrechaste en tus brazos.
Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo; con humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por gloria y por mis necesidades y por las de todo el mundo.
Te ruego, Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirle, de hoy en adelante, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos. Amén.
Oh Señora mía, oh madre mía, yo me ofrezco enteramente a vos y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón, en una palabra todo mi ser y ya que soy toda vuestra, oh madre de bondad, guardadme y defendedme como hijo(a) y posesión vuestra.
Amén.
Oh Señora mía, Santa María: hoy y todos los días y en la hora de mi muerte, me encomiendo a tu bendita fidelidad y singular custodia, y pongo en el seno de tu misericordia mi alma y mi cuerpo; te recomiendo toda mi esperanza y mi consuelo, todas mis angustias y miserias, mi vida y el fin de ella: para que por tu santísima intercesión, y por tus méritos, todas mis obras vayan dirigidas y dispuestas conforme a tu voluntad y a la de tu Hijo.
Amén.
¡Oh bendita entre todas las mujeres, que vences en pureza a los ángeles, que superas a los santos en piedad! Mi espíritu moribundo aspira a una mirada de tu gran benignidad, pero se avergüenza al espectro de tan hermoso brillo.
¡Oh Señora mía!, yo quisiera suplicarte que, por una mirada de tu misericordia, curases las llagas y úlceras de mis pecados; pero estoy confuso ante ti a causa de su infección y suciedad. Tengo vergüenza, ¡oh Señora mía!, de mostrarme a ti en mis impurezas tan horribles, por temor de que tú a tu vez tengas horror de mí a causa de ellas, y sin embargo, yo no puedo, desgraciado de mí, ser visto sin ellas. Amén.
Salve Reina de misericordia, Señora del mundo, Reina del cielo, Virgen de las vírgenes, Sancta Sánctorum, luz de los ciegos, gloria de los justos, perdón de los pecadores, reparación de los desesperados, fortaleza de los lánguidos, salud del orbe, espejo de toda pureza.
Haga tu piedad que el mundo conozca y experimente aquella gracia que tú hallaste ante el Señor, obteniendo con tus santos ruegos perdón para los pecadores, medicina para los enfermos, fortaleza para los pusilánimes, consuelo para los afligidos, auxilio para los que peligran.
Por ti tengamos acceso fácil a tu Hijo, oh bendita y llena de gracia, madre de la vida y de nuestra salud, para que por ti nos reciba el que por ti se nos dio. Excuse ante tus ojos tu pureza las culpas de nuestra naturaleza corrompida: obténganos tu humildad tan grata a Dios el perdón de nuestra vanidad. Encubra tu inagotable caridad la muchedumbre de nuestros pecados: y tu gloriosa fecundidad nos conceda abundancia de merecimientos.
Oh Señora nuestra, Mediadora nuestra, y Abogada nuestra: reconcílianos con tu Hijo, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a tu Hijo. Haz, oh Bienaventurada, por la gracia que hallaste ante el Señor, por las prerrogativas que mereciste y por la misericordia que engendraste, que Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro, bendito por siempre y sobre todas las cosas, así como por tu medio se dignó hacerse participante de nuestra debilidad y miserias, así nos haga participantes también por tu intercesión de su gloria y felicidad.
Amén.